No perdáis, por tanto, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa (56): pues necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios (57).
Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (51).
Con Cristo estoy crucificado (49): vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (50).